Abanico / Más allá de los ojos

Por Ivette Estrada

La expresión más terrenal de espiritualidad aparece con el concepto de finitud y eternidad. Ambas se enlazan a la muerte de lo que está en nuestra realidad física, seres amados y naturaleza, pero también implica la aparición de un nuevo estadio de plenitud: es la espiral de promesa y fe: nada acaba, todo trasciende. Los seres sintientes estamos destinados al mejoramiento continuo de habilidades, decisiones y percepción.

Toda creación, por nimia y humilde que parezca y sea, parte de la imaginación y la idea, cimientes de realización.

Todo se concibe a partir de visualizar, de ahí que se asuma que la columna de una obra es la percepción. Si se mejora lo que logramos aprehender de una situación o contexto determinado, generaremos realidades más felices y ricas.

Y aunque aparentemente la felicidad son momentos o destellos en el tiempo, se trata de una construcción minuciosa, filigrana que involucra los sentidos físicos, pero también la manera en cómo y por qué decantamos los acontecimientos de acuerdo a nuestras creencias y el cuerpo infinito de nuestro único marco referencial. Somos lo que vivimos, lo que conversamos, oímos y sentimos. Somos la unicidad más perfecta con la que construimos nuestra realidad.

Los acontecimientos no determinan quiénes somos, porque todo pasa por la criba certera de la percepción. Si, la manera en la que «vemos” determina todo: lo que nos llenará de significados, lo que trasciende o desdeñamos por anodino.

Quienes somos, al final de cuentas, es la decodificación de lo que se vive, anhela y deja, es la selección minuciosa de lo que queremos que nos conforme, es la expresión de lo que realmente amamos.

¿Los ojos? Si, los ojos, pero no sólo ellos determinan lo que es significativo. Son las manos que captarán texturas y acariciarán experiencias, el olfato con el que perseguiremos la cocina de la abuela y los eucaliptos, el oído con el que atrapamos arrullos de cuna, consejos de madre, cantos de aves y la música de las noches. Es la lengua que recorrerá el abanico agridulce de los sabores de la vida y son también los sentidos sin nombre, esos que acunan emociones, remembranza, orgullos ancestrales, gratitud por la familia en el cielo y en la tierra y pasiones no divulgadas.

La percepción conformada por infinitos sentidos, son con la que desentrañamos con lenta parsimonia, nuestra espiritualidad o nexo con una divinidad. Un Dios sin nombres ni adjetivos, que está en el Cielo como cumbre de lo perfecto, pero también en las raíces terrenas, entre el silbido del viento, en los anturios y jacarandas, en los espejos del agua…y en nuestra percepción. Siempre ahí, templo profano y sacro, catapulta de acciones.

La certeza de Dios está en todo lo que vemos e imaginados, está en nuestra percepción de los tres sellos legendarios e inmarcesibles: muerte, vida y tiempo. La espiritualidad es parte de la vida, no de la humanidad: de la vida toda, de existencia en los tres reinos.

Sin embargo, solemos percatarnos más de ella en el otoño de la vida, cuando todo se apacigua, cuando quedamos alertas a la trascendencia y descartamos vivencias por lo que en realidad importa. Entonces cedemos el placer efímero, la felicidad de instantes-destellos, para rendir pleitesía a lo eterno, a un Dios lleno de sabiduría y bondad que tiene nuestra percepción y que dota a todo, hasta a nuestra vida finita, de un sentido sin límites ni tiempo.

Nuestra realidad la construye la percepción, no los ojos, no sólo ellos.

 

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